Nérvinson, my shadow

Sin título

“A Nérvinson Machado le han salido laceraciones en el cuerpo,

ciudades plagadas de hongos con forma de letras,

países hambrientos con el hígado hinchado

 –nadie le dijo que la muerte era un iceberg desde donde se tocaba el infierno –

hasta formar una noche.”

Fragmento de La noche latinoamericana (El Quirófano, Ediciones, 2012)

La primera cosa que pensé de Nérvinson Machado fue – este vato tiene un nombre único- ¡es en serio! único, irrepetible, minimalista como la dirección de correo electrónico en que puedes contactarlo. Como si fuese la única persona sobre la tierra que se llama así.

Escuché de él por primera vez, allá en el 2011, cuando dio una plática en algún evento del Tec de Monterrey, yo no asistí, pero me causó interés el hecho de que un autor venezolano anduviera en estos lares. Tiempo después me vine enterando del proyecto de La regia cartonera, mismo que comparte con la escritora y editora Laura Fernández. Quién diría que aquel desconocido acabaría convirtiéndose en alguien a quien aprecio mucho.

Un domingo, hace tres años (ya no me acuerdo qué día), Nérvinson encabezaba un micrófono abierto en el corredor cultural de Barrio Antiguo. Regalaba un título de aquella editorial artesanal con la condición de pasar y leer algo de cualquiera de los libros que estaban sobre una mesita; tomé el de Nunca tuve la vocación de Anna Karenina de Marisol Vera Guerra, leí en voz alta algunos fragmentos y aproveché para recitar otros tantos de lo que yo tenía escrito en aquel entonces.

De ese día, me queda la imagen de un Nérvinson paciente, con una mirada en la que hallaba un reflejo; sentimientos encontrados por estar lejos de una ciudad a la que quiere uno y odia uno tanto, al mismo tiempo. Era la mirada de un viajero, de un trotamundos.

Leí Dub-sar el mismo año en que salió; ese libro de poemas, amarillo, llamativo, me dijo tanto, tantísimo sobre quién era Nérvinson Machado y sobre quién, además, era yo. Habría que ponernos a pensar sobre la escritura, sobre cuánto tiempo ha pasado desde que un dios la inventó. Nérvinson era una imagen mental, un- todavía- conocido que me remontaba a una mágica Sudamérica. Un venezolano en el noreste chichimeca. Y sin embargo, no era suficiente el topármelo en el Gargantúa´s, haciendo tiempo, bebiendo una cerveza, callado, esperando que abrieran ese nido posmoderno al que nombraron Chac Mool, para darme cuenta que Nérvinson era un solitario acompañado, de esos que vagan por las noches en el centro a dialogar con su soledad, con el azar, y luego regresar a su hogar, un hogar temporal, para acariciar a sus mascotas, unas mascotas para siempre.

Me le quedaba viendo, en ese entonces no nos cotorreábamos tanto, si quiera había un aire de respeto solemne (¡puaj!), cuando nos lo topábamos en el Mool y compartíamos unas copas entendía que Nérvinson es de esas personas de la que puedes aprender demasiado; llegué a envidiarlo tanto por su enorme conocimiento sobre temas variados, sobre literatura y crítica, por su posición de lobo solitario en la selva regiomontana, por su variada biblioteca personal.

Una noche, luego de uno de los mejorcitos slams que tuvimos, Nérvinson, Montesinos, Borges, esa triada que jamás olvidaré, compartió con nosotros unas cheves en el techo del Mool. Caray, platicamos sobre tanto, que muchas de las enseñanzas (si pudiéramos nombrarlas así) todavía rebotan en mi cabeza calva. Esa tarde me fui en el taxi con ellos, me sentía pequeñísimo entre sus mercedes y pensaba en que así, tal cual ellos, me veré a mí mismo en no muchos años.

Total, fruto de esa noche de poetas, meses después salió Voces de Emergencia: Poesía Joven desde el Asfalto, la primer antología en la que aparecí, y qué cosas, con otros poetas, amigos míos a quien aprecio montones. Con esto quiero decir que Nérvinson, fuera de asumir un compromiso o un interés con nosotros los- ahora- jóvenes, desde que llegó a Monterrey, ha luchado a capa y espada por mover los reflectores de lugar, de espacio, de tiempo, por dirigirlos a nosotros, comprendiendo los hilos que controlan a las instituciones, haciendo una crítica contundente sin alejarse demasiado de la ironía, el sarcasmo y a veces lo explícito. Dentro de esa pugna, pues, ya con la lectura de La noche latinoamericana supe que le debo a Nérvinson mucho más de lo que varias noches de cerveza en su estudio cuestan. Le debo pedazos de palabras, le debo el que haya puesto apenas algunas antorchas para ayudarme a encontrar mi camino y mi menester literario.

Nérvinson es un migrante, un viajero nato, cosmopolita, reloj de arena. Una noche regiomontana estábamos en el primer piso del Chac, Zermeño, Nerv y yo, a metros de la rockola, le pregunté ¿Qué seguía después de Monterrey?, me dijo que no pensaba quedarse aquí mucho tiempo, que sabía que tarde o temprano debería mudarse. Creo que para aquella noche, aún no se terminaba de encantar con el Itsmo, pero juro que en ese instante veía muy lejano el hecho de que se fuera- va a volver seguido, sí- de estos lares norestenses.

Veinte catorce ha sido un año donde pude, y en donde se me hizo común, topármelo; coincidir y ayudarle en la UANLeer, echarle la mano cuidando su departamento (incluidos los libros y las Chalupas), presentar juntos alguna antología, tenerlo de jurando en más de un slam, etcétera.

Y luego adentrarme en una lectura exhaustiva de los dos únicos textos suyos que tengo y después darme cuenta que hay mucho (qué pretencioso he de sonar) de Nérvinson en mi poesía (¡en la reciente!, mi pana, no en los textetes de los que antes ya, recibía mucho carro).

Lo miro, a veces con los lentes triturados por el chalupazo del tiempo, con dos o tres canitas, lo veo con chorromil kilos menos, o escalando muros de piedra- quizás imaginando que son los sagrados recintos arquitectónicos jordanos-, con esos tatoos transgresivos, miro el brillo de sus ojos cuando recuerda las épocas en Chile, su inicio al pänk. Miro y escucho cómo su garganta se quiebra cuando recuerda aquel suceso triste venezolano, la cercanía/lejanía, la sensibilidad para la muerte, o la facilidad disimulada con la que nos lo cuenta, a nosotros, los muchachos, y se contiene el muro de arena que es su corazón para no estallar.

Lo miro, a Nérvinson y no puedo, sinceramente no puedo escribir algo sobre él (ya tú me dirás qué opinas de estas impro-espontáneo-visadas palabras, mi pana) sin sentir un nudo en la garganta y algo al borde del llanto. El caso es que se va muy pronto, más pronto de lo que antes, en este vertiginoso mundo que es Monterrey, me pude haber imaginado.

No sé, ahorita se me ocurre ponerme a pensar en quién ha escrito sobre Nérvinson sin recurrir a hablar de lo que ha hecho con cartón y arena en el noreste; no seamos reduccionistas, Nérvinson ha hecho demasiado (quizás sin quererlo) por mí, por nosotros. Ennegrezco “nosotros” porque sé que Nérvinson, y yo, y los demás de “nosotros” sabemos quiénes somos y lo mucho que ha hecho pro nobis.

Lobo viajero, trotamundos, sombra migrante, rompecabezas. Nérvinson, habremos de extrañarte mucho, todos acá, amigos y enemigos. Al paso del tiempo, mi pana, te abrazo como el gran amigo que he tenido, con quien nosotros hemos compartido tantas copas y tantas buenas charlas, con quien hemos compartido carcajadas y risas, y el rebane. Sí… somos puños.

Lo único que me queda decirte, mi amigo, es que envidio – así como he envidiado tu conocimiento, aquel que has construido en casi cuatro décadas de viajes y lecturas-, envidio a Chiapas, porque entre las mil cosas buenas, la indiscutible cantidad de cosas que hay que ver allá, el exotismo y la rebelión, entre todo lo que posee aquel lugar, no conforme, te ha encantado y ahora, cada vez más pronto te vas. Te tendrá y sé que en una reciprocidad se aprovecharán, tú, Chiapas, las Chalupas y la escritura. Sé que allá producirás grandes obras que pronto tendremos nosotros y que adquirirás nuevos conocimientos que desde luego no te quedarás únicamente para ti, sino que condensarás, sino que compartirás. Creo que no hay mucho qué decir, supongo que por alguna condición innata de viajeros, algo, alguien, alguna cosa me acabará de contar que a Nérvinson Machado y a mí nos han guardado en el mismo sitio…

Mi hermano, mi amigo, Nérvinson, my shadow, mi pana, Monterrey te echará mucho de menos y, como a todo lugar al que has ido, te espera de nuevo.

Buen viaje…

… y hasta muy pronto,

así como tú, mi amigo,

yo también soy un monstruo de Frankenstein, a mí también me hicieron con pedazos de países muertos.

te saluda,

Míkel.

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