El aeropuerto está en carretera federal- Míkel F. Deltoya

El aeropuerto está en carretera federal

“well, I’m so lonely, baby
I´ll so lonely, I could die”
 Heartbreak hotel, sung by Elvis Presley

I.- Génesis

Tenía diecinueve, se llamaba Oyuki, por una tía, quien a su vez se llamaba así por una telenovela. Desertó casi al segundo año en artes escénicas (aunque actuaba bien). Empezó a trabajar no por necesidad, sino por aburrimiento, en un museo y fue escalando; primero fue edecán, luego recepción, luego guía. Soñaba con terminar en la gerencia. Era un poco cleptómana, con suvenires del museo, sobre todo. Cosas inocentes, cosas que nadie echaría de menos: una pluma, un libro, un cheque, la ubicuidad, el desierto, o el pasado.

Se llamaba Oyuki, pero para mí era “La Rabdomante”. Rara vez salía, rara vez iba a cotorreos. Oyuki. Piel caliza, aperlada, más ámbar y más trigo que cualquiera de su familia. Cabello negro que se pintó rojo y terminó envinado. Delgada con zonas blandas; Oyuki, apréndetelo bien; aunque su nombre haga que la lengua emprenda un aplanado de viento al borde del paladar; O-yu-ki, ella era para mí la Rabdomante, así, completo… apréndetelo, yo nunca lo pude olvidar.

Yo tengo veintiocho, soy un percusionista. Fracasado. Nacido en la Guayulera, allá en Saltiyork. Había llegado a Mmmterrey desde hacía un tiempo, según yo para tramitar la visa que nunca me dieron.

Estudié crítica y teoría del arte, cosas que jamás ejercí. Iba por las arterias principales con mi ropa mal planchada, la suela de mi zapato queriéndole dar mordiscos a la banqueta. Un caos, para variar.

Había tenido, aunque panza chelera y lunares de calvicie en la mollera, cantidad de novias y amantes. “Sélf cónfidens, bro”, le decía a mi compa Lalo, “Sélf cónfidens y saber bailar, con eso la libras”.

A las doce a eme, yo estaba como idiota con los lentes de sol puestos, ahí en el bar, pisteando dos equis en el Shack Mall. Nido posmo.

Había tenido cantidad de novias y amantes, muchas de ellas amor de una noche, personas de las que me olvidaba al día siguiente, personas a las que odiaba luego de un tiempo, pero a ninguna había amado de la forma ingenua, retorcida, fugaz, trascendente, única, como la amé a ella. Siempre resulté ser medio egoísta. No hablaba con mi familia desde hacía años ni aspiraba a volver a verlos. Era de las personas que olvidaban el nombre de la persona con quien dormía. Ganaba poco trabajando de mesero y eso poco me lo gastaba sólo en mí.

Ni el más potente desodorante en lata, ni la más exclusiva colonia me quitaban ese olor a tabaco y sudor. Antes de la Rabdomante, era una persona tóxica.

Estaba solo, nena, tan solo, que pude haber muerto.

II.- De nosotros, ni hablar

En Mmmterrey laberíntico todo puede suceder. Es como si estuviéramos de alguna manera más allá de lo físico, encerrados, amurallados entre cerros. Por eso es muy importante subrayar la foto en la que salimos bailando la Rabdomante y yo. Esto lo cuenta (y me ataco de risa por cómo lo hace) Lalo. La foto nos la tomó una amiga de él:

“Fig.1.- Bar de Morelos; parranda improvisada; lunes, 20:00; sabemos que Oyuki, a quien Catafito apoda “La Rabdomante”, minutos antes de esa foto, estaba sentada en la barra con los brazos de un monigote (que no era Catafito) alrededor de su hombro. Catafito estaba tomando una aborigen y fumando como chacuaco, agarrando cotorreo con otros compas en la mesa del frente. Nadie sabe cómo terminaron los dos en la pista, bailando techno-comercial-farruko (raro en Catafito, que nunca baila). Se miran muy sonrientes los dos, agarrados de la mano. Alguien pregunta “¿son novios?”, la fotografía misma pregunta ´¿son novios?´, ninguno de los dos responde. Si esa noche Oyuki no duerme con Catafito, él se irá al hotel Heartbreak, a huevo.”

¿Por qué es importante subrayar la foto? Porque esa fue la primera vez que salimos, la primera noche que empezamos a platicar. Esta foto es importante, pero no la tengo, sólo la vi una vez en un álbum virtual del face de la amiga de Lalo.

En el museo donde jalaba Oyuki había una exposición con objetos —originales y avalados por notario— de Bob Dylan, un par de fotos, una corbata (¿usa corbatas?), algunos discos autografiados. Vaya, pareciera que lo daban por muerto, porque una exposición de objetos de una persona presupone que ésta ya está muerta ¿no?, pero sólo los entendidos iban y valoraban las piezas. Ya te imaginarás el tipo de banda que asistió; puro rockerillo. Proyectaron una peli (nomás porque Dylan era banda sonora) que se acabó como a las siete y cacho, luego la Fuenteovejuna sugirió irse a pistear, aunque fuera lunes. La Rabdomante era amiga de un amigo de un compa de un primo de Lalo; me conocía de vista, le inspiraba confianza. Si me veía por la calle me sonreía y yo le sonreía. Esa noche, justo cuando ya todos nos dirigíamos al bar, ella me agarró fuerte de la muñeca: “yo te sigo”— dijo— “a donde vayas”— creí escuchar.

Fue mágico, neta, mágico. En ese instante, algo en medio de este corpulento monumento norestense, latió, germinó, algo así.

 

III.- Rándom tóugs abaud la Rabdomante

Tengo un trip bien denso con aquello de la Rabdomante. La fui queriendo poco a poco y decir que por ella limpié mi departamento ya es decir suficiente. Limpiarlo a fondo, desempolvar la alfombra, doblar la ropa, acomodar los trastes. La primera noche que estuvimos juntos le puse de apodo “la Rabdomante” por su eficaz don de hallar tesoros y vida en sitios inhóspitos, como en mi cuerpo mismo. La palabra la había escuchado en un documental o algo así en la tele, era una palabra similar a “rimbombante”, a ella nunca le molestó que le dijera así, enterito, completito: eres mi Rabdomante.

Con ninguna otra persona me sentí tan importante y a ninguna otra quise proteger como a ella. Verla dormida, rayando al ronquido, ver su flequillo imperfecto. Mirar sus pequeños senos esparcidos en el campo de batalla. Me quedaba un largo tiempo viéndola y no podía dormir. Temblaba por la sola posibilidad de perderla, indudablemente ella había conseguido sacar lo mejor de mí. Compartíamos un six de Tecate, un sax de una vieja compilación que compré en remate allá en Micsóp & sex, luego ella se quedaba dormida y yo me quedaba viéndola hasta que amanecía y abrían la tiendita y le compraba un yogur.

Cuando regresaba, ella se estaba metiendo a bañar, salía desnuda, me propinaba un beso escueto, se vestía con el cabello aún mojado, la encaminaba a la esquina donde pasaba el único camión que entraba a la colonia, y se iba. Yo regresaba a casa exhausto… en dos ocasiones, el colchón aún poseía su humedad, el colchón aún poesía… su humedad. No es un typo, lo juro.

 

IV.- Las noches

La Rabdomante no era mía, creo que jamás lo fue, ni siquiera las noches que compartió conmigo. En una de esas dejó su vestido dentro de una bolsa negra, lo lavé y le puse suavizante, no lo volvió a recoger. Hasta la fecha pienso que lo hizo a modo de bandera: una forma extraña de marcar territorio y abandonarlo, dejando la incertidumbre y posibilidad, a la vez, de volver un día y reclamar lo suyo. Le ha fallado, porque su misteriosa desaparición de mi vida dejó un vacío tremendo. He intentado seguirle la pista, preguntar a todos los posibles conocidos en común su domicilio, algún teléfono de casa, respuesta sobre su paradero, nadie me ha podido responder. No me he cansado de marcar a su celular, pero está infinitamente apagado ¿se lo habrán robado? ¿lo habrá arrojado desde el puente amarillo hacia el río con todas sus fuerzas? ¿lo habrá apagado voluntariamente?

La Rabdomante vino conmigo una noche a los bares más malamuerte de Mmmterrey. Como no había (ni parecía haber) formalidad entre nosotros, me limitaba a picharle una guama y la veía recorrer el sitio como un cachorro adoptado corriendo libre en el enorme patio de una familia de animalistas privilegiados en San Pete. La única condición que le di es que conociese y se enamorase de quien fuese, venía conmigo, así, tal cual, y que no abandonaría el sitio con otra persona que no fuera yo; al principio me pareció retorcida la propuesta que yo mismo articulé, a ella le molestó y en dos o más ocasiones creo que me odió a más no poder; una noche nos corrieron del sitio y un barbón se la quería llevar, estaba borrachísima pero yo le dije que venía conmigo (en mi vida creí decir eso de una persona, aceptar que me importaba tanto como para pelearme en medio de la calle con un malandro de mi calaña con tal de no dejarla entrar a la cueva del león).

Y aunque se entregase bucalmente a otros fachosos, incluso mujeres, el taxi y la noche lo compartía conmigo. Supe que me había enamorado cuando lavé las sábanas y trapeé el suelo (no recordaba el color original del azulejo). Y en esa etapa de compromiso, no sé si real, la Rabdomante hizo que brotaran ríos entre mi yo agrietado.

Esa semana en que salimos, Lalo se fue a Saint Louis, así que yo me pasé los cotorreos solo, acabándome una cajetilla de rojos sobre un balde mientras la Rabdomante se sentaba en la mesa de al lado, junto con un titán y una chava con rostro perruno.

Una vez, falta de pretendientes o colegas que le comprasen la segunda ronda, quizás, se acercó a mí, me dejó acariciarle la pierna que presumía haberse depilado exquisitamente. Esa noche fue significativa, me confesó su soledad, sus problemas con el fisco y las sospechas de los auditores; me confesó también su deseo de viajar a las playas del oeste y perderse en sus arenas, me comentó que creía —ferviente y devotamente— en la nada, y que no tenía aspiración alguna en su vida… yo sabía que estaba mintiendo, así como sabía que no usaba ropa interior. Nos quedamos viendo las estrellas. La Rabdomante conocía todas las constelaciones y me decía, ojos brillosos, que se iba a tatuar el cinturón de Orión en la espalda, yo no sabía mucho de líneas en el firmamento, pero no tuve cara para decirle que en su espalda tres lunares ya conformaban esa empresa y que ese tatuaje sería redundancia en su máxima expresión. Tampoco pude decirle que en su espalda había miles de constelaciones, ni pude decirle que en verdad la amaba, no desear, la amaba.

La Rabdomante no consumía carne, sólo sus derivados; su platillo favorito era unas cosas llamadas ´falafel´, de ahí mi comprensión de la mística que rodeaba a esa mujer. En las veces que salimos, contrastaban mis filetes con sus hierbas finas. Mi taco pirata y su papa asada. Quesadillas, corazón, versus arrachera.

Fue en la última noche que hablé con ella cuando intuí una separación inminente. Tenía dos días sin reportarse y como no nos pusimos de acuerdo, no salí. Marqué extrañado a su cel y nadie contestaba. Una amiga en común, con una sonrisa me proporcionó su número de casa, digité los números, suspiré, sonó la línea y luego respondió, no sé si su madre o su hermana;

—¿Está Oyuki?
—Sí… ¿quién la busca?
—Andrés, Andrés Catafito.

La mujer al otro lado del teléfono titubeó, luego dijo en voz baja “teléfono”, y volví a escuchar la voz de la Rabdomante. Sollozaba, le pregunté si estaba bien (qué pendejo, claro que no estaba bien), y me dijo que la vida era complicada y que entendió que jamás sería actriz. Demasiado ambiguo, incluso abstracto, para mí, que me había limitado a responderle: nena, tú puedes ser lo que quieras ser.

Comenzó a reír más por costumbre que por buen humor o quizás pensaba que yo era un imbécil, o quizás estaba extrañada de que sonó su celular en un buen o mal momento. Le pregunté si la vería, me dijo que sí, que mañana me hablaría, entonces creo que la otra mujer entró al cuarto porque le dijo muy fuerte “¡Ya…!” seguido de un “me tengo que ir, Catafito, mañana te hablo.” y luego colgó.
Qué mal plan.

V.- Rabdomancia

Van casi tres meses en que dejé de hablar con ella. Y tres meses menos un día en que escribí esta especie de diario (que releo, es un asco). De sobra tengo que decir que hoy retomo este capítulo, no soy escritor, soy un percusionista fracasado, pero debo decir que esta es la única manera de inmortalizarla. Me lo recomendó Lalo que ahorita anda jalando en Saint Louis, allá se quedó, pero hablamos seguido por cel.

Me dijo que uno de sus compas (Lalo es esos que conocen a todo el mundo) está buscando urgentemente a un baterista para una banda de rock industrial porque el original se fracturó los dos brazos al caerse de una moto. Me dice que en dos días comienzan una gira desde CDMX hasta Hermosiyork. Yo he comenzado un ahorradito, algunos billetes que me garantizarán unas semanas de viaje en lo que decido qué sigue en mi vida. Debo aceptar que la desaparición de la Rabdomante me ha dejado un vacío tremendo y que no hay noche en que no me acuerde de ella. Por supuesto no me habló al día siguiente, ni me ha vuelto a buscar.

Tengo muchas hipótesis que se multiplican cada día que pasan. Ya quitaron la exposición de Bob Dylan y la nueva guía no tiene experiencia ni pinta de saber ni un carajo sobre el arte, o el rock.

En algunos escenarios veo a la Rabdomante internada por haber planeado algún suicidio por empastillamiento y a su madre guardando su celular celosamente e impidiéndole volver a ver al mundo. Me la imagino contestándole mecánicamente frases vacías a su psiquiatra. Esnifando ilusiones deploradas, perdiéndose en el blanco de los muros. Hay otros escenarios menos turbios, la Rabdomante recuperándose de algo, algo incierto, montando un caballo en alguna población recóndita, vestida de blanco, alejada de todos estos aparatejos cancerígenos, una especie de retiro espiritual (aunque sea fiel y devota a la nada).

En otro escenario, la veo con un nombre falso, viviendo en Houstown: Maggie Catafito, dizque tamaulipeca, y dizque socialité, teniendo una granja-fachada, gastando la fortuna que sustrajo de su anterior empleo y dedicándose de lleno a la estafa. Quizás no ha encontrado la manera de contactarme porque ya tiene rato que perdí mi celular y el nuevo número lo tiene sólo Lalo. Tal vez no puede venir a mí porque no recuerda exactamente dónde vivo… keep dreaming, cowboy, keep dreaming.

En el mejor de los escenarios, se ha marchado a una playa del oeste y está recorriendo la zona con un traje de baño rosa; me está esperando, está buscando tesoros con una vara y ya ha encontrado tres o cuatro hasta ahora (en ese escenario vamos de la mano y nos perdemos en la playa).

 

VI.- Epílogo

Iba a tomar un taxi hasta el aeropuerto, me quería cobrar muchísimo y no estoy para lujos. Lo idóneo es que tome un camión y luego camine casi tres kilómetros, así le hacen muchos, así se la juegan. La otra es que pida aventón, igual y un alma caritativa me deja cerca de esos rumbos. Tengo suficiente dinero, pero como nunca he viajado en avión, no sé qué tengo que hacer. Aún no me decido si viajaré a la capital a suplir al compa baterista, o si me iré a la playa y caminaré a la costa esperando encontrar a la Rabdomante tomándose un daiquiri y comiéndose esa cosa extraña que se llama falafel.

De todas formas, en cuanto acabe de escribir esto, agarraré un Ruta 111 y luego caminaré chingos de pasos por un ladito de la carretera, entre hoteles lujosos y locales caros, así, sin inmutarme, viendo cómo pasan los carros en friega y aterrizan los aviones.

Si algún día llego a la terminal, si alguna vez vuelve a mi vida, espero que lea esto y que sepa que lo primero que puse en mi maleta ha sido su vestido color rosa —aún con el aroma de su cuerpo— y que si no la vuelvo a ver estaré solo, nena, tan solo, que podría morir.

Mayo, 2015.

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